La vida real
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Casos de los archivos de Teresa

Hay quienes han dejado huella en mi vida con su deseo de abandonar las ataduras a viejos patrones de comportamiento y fijar su atención a su nuevo destino: la felicidad. (Las identidades de estos “maestros” ha sido estrictamente protegida. No se han utilizado sus verdaderos nombres y las circunstancias han sido cambiadas para asegurar su privacidad y confidencialidad.  Aún así, ningún caso ha sido compartido sin permiso del interesado.)
 



 

 

Siento que no tengo un verdadero propósito

Beatrice estaba intentando ajustarse al “nido vacío.” En el verano del 2000, su hija menor se había marchado para asistir a la universidad en una ciudad distante.  Beatrice empezó a vagar por su hogar ahora vacío, tratando de encontrar su justo lugar.  Sus hijos mayores se habían marchado de casa años antes y su esposo estaba muy envuelto con el desarrollo de su empresa.  Todo esto la hacía sentir como si nadie la necesitara.  Buscó empleo, pero sus conocimientos estaban fuera de actualidad porque había dejado de trabajar cuando esperaba su primer hijo, en 1974.

Invité a Beatrice a que me contara de sus talentos, sus sueños y deseos, pero siempre regresaba al tema de los talentos, sueños y deseos de sus hijos.

Beatrice había basado toda su importancia personal en sus hijos y en lo que había hecho por ellos.  Se había olvidado de sí misma. Ya ni siquiera se conocía. Hubo un momento en que decidió unirse a un grupo de mujeres cuyos hijos se habían marchado de casa, pero encontró que lo único que tenía en común con las otras mujeres era la soledad, y dejó de asistir al grupo.

En mis sesiones con Beatrice salieron a tema sus estudios universitarios en bellas artes y que una vez había pintado con óleos.

Le pedí que me enseñara alguna de sus pinturas pero no  pudo encontrarlas.  Creía que estaban en el ático, aplastadas por enormes cajas pertenecientes a sus hijos y que no se decidían a llevárselas a sus nuevos hogares.

Animé a Beatrice a capturar esa parte suya visitando galerías de arte. Logró desarrollar el deseo de comprar lienzo, pinturas, caballetes, y pinceles.  Convirtió el dormitorio de uno de sus hijos en estudio, cubrió el suelo con una alfombra vieja, y tímidamente, empezó a pintar de nuevo. Como se sentía demasiado insegura para dejarme ver sus pinturas le hice entender que no importaba lo que nadie pensara de su trabajo y que su opinión era la única que contaba.

Por medio de su comunidad encontró una clase de arte y se matriculó.  Le encantó encontrar compañeros de clase más o menos de su edad y comenzó a coleccionar amigos. Todos la animaban para que continuara pintando.

Al revivir una actividad que había disfrutado, Beatrice empezó a verse como una persona especial, independiente de su esposo y de sus hijos.  Ella también merecía triunfar y disfrutar de la vida.

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Mi hijo ha recibido un diagnóstico tenebroso  

Julie se desplomó emocionalmente cuando supo que su hijo de diecinueve años había resultado positivo en las pruebas de VIH.  Enseguida se dispuso a buscar y pagar por el mejor tratamiento en existencia.

Pero su hijo no quería ningún tratamiento.  Quería continuar su vida como si no hubiera habido tal diagnóstico.  Dijo que se sentía bien, y que no quería tomar medicinas.  El era un jóven feliz, con muchos proyectos.  Según Julie, sus palabras fueron las siguientes: “Voy a morirme un día, como todo el mundo.  No voy a empezar a morirme desde ahora limitando mi vida, siendo sometido a pruebas, ni contando cápsulas.  Quiero vivir mi vida a todo dar.”

El hijo de Julie es un creador poderoso.  Se niega a ver su diagnóstico como una sentencia de muerte.  En realidad, no piensa para nada en ello.

Compartí con Julie la historia de otro de mis clients que recibió su diagnóstico en 1984.  Tuvo un periodo sin células T, y tenía la boca
llena de llagas.  Pero nunca tomó las nuevas drogas diseñadas a extender la vida de los que sufren del SIDA. En lugar de ésto, empezó a practicar la meditación e iba a la playa con regularidad.  En pocos meses, las llagas desaparecieron y nunca regresó a ver si sus células T habían comenzado a aparecer en su sangre nuevamente.  Hoy en día tiene casi sesenta años de edad, pero aparenta muchos menos.  Nunca piensa en el VIH o en el SIDA.

Le hablé a Julie sobre lo único eficaz que podía hacer por su hijo.  Debía dejar de preocuparse por él.  Pero esto es muy difícil para una madre.  Le tomó cierto tiempo dar pasos paulatinos hasta sentirse mejor.  Decidió que cuando pensara en su hijo lo imaginaría feliz, vibrante, y saludable.  Julie aprendió a rebotar esos otros pensamientos tóxicos tan pronto entraran en su mente.

Dos años han pasado desde que Julie vino a verme por primera vez.  Su hijo está muy bien, al igual que ella.

 

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Creo que no quiero a mis hijos lo suficiente

Jack se había separado de su esposa y ahora compartía la custodia de los niños, a quienes calificaba como “consentidos y exigentes.” Naturalmente, Jack culpaba a su anterior esposa por el comportamiento de los niños.

Jack había comenzado una nueva relación, y los niños estaban de por medio. Pasaban fines de semana alternos con él, lo cual obstaculizaba su relación con su nueva prometida. Ambos trabajaban muchas horas diarias y contaban con el fin de semana para salir a pasear en bicicleta o practicar senderismo.  Pero los niños no ligaban con “la intrusa” y querían pasar el tiempo solos con su padre.  Jack se sentía culpable por reprochar a sus hijos.  Se sentía egoísta, y sus sentimientos empezaban a afectar su nueva relación.

Mientras Jack me explicaba su situación se me hizo claro que sus hijos estaban haciendo lo que hacen otros niños para sacar partido
al divorcio de sus padres.  Lograban lo que  querían de ambos al hacerlos sentirse culpables por no hacer lo suficiente por ellos.  No era solamente su esposa quien era un factor en este comportamiento.

Jack comprendió, y comenzó a buscar sentimientos mejores a cada paso.  Al sentirse culpable, Jack comunicaba a sus hijos su impotencia ante sus demandas.  Mientras Jack se sintiera culpable por no hacer lo suficiente, no iba a poder hacer lo suficiente por sus hijos.

Cuando Jack se sintió libre para celebrar su nueva relación estuvieran sus hijos con él o no, la situación empezó a cambiar.  Los niños empezaron a responder a la alegría de su padre, ya adaptarse  a su nueva vida.  Exigieron menos tiempo de Jack, y se alegraban de poder ir con él y su prometida a pasear en bicicleta. Gracias a esto, la relación de Jack con la madre de sus hijos ha mejorado, lo cual hizo que los niños se sintieran más seguros.

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¿Por qué tengo estos sueños?

Rosa padecía de insomnio.  Le recomendé que no tratara de dormir, sino que saliera de la cama en cuanto empezara a dar vueltas.  Como la cama de los que no pueden dormir se convierte en un sitio de preocupación y ansiedad, es mejor levantarse e ir a otra habitación a leer, y si el sujeto se queda dormido allí, bienvenido sea el sueño. Esto funciona muy bien para los que padecen de insomnio “crónico.” Pero hace mucho tiempo que he desterrado la palabra “crónico” de mi vocabulario.

Pero esto no tuvo resultado para Rosa, y decidí investigar un poco más.  A fuerza de preguntas me enteré de que Rosa estaba atemorizada de sus propios sueños. Por más de un año, Rosa había tenido pesadillas que no variaban.  Su terror tenía mucho que ver con la idea de que creía que sus sueños se cumplían. Una vez soñó que le sacaban una muela, y en una semana tuvo un dolor muy fuerte en una de ellas y se la tuvieron que extraer.  Luego soñó que estaría envuelta en un accidente de tráfico, y así fue.  Afortunadamente no sufrió lesiones, pero el coche quedó hecho chatarra.  Esta vez su sueño le anunciaba una muerte inevitable.  Una figura oscura aparecía a los pies de su cama y en una voz profunda le decía que iba a morir.

Rosa temía la muerte.

Pasó algún tiempo antes de que Rosa aceptara que sus sueños eran creación suya.  No había nada de magia en ellos.  Venían de sus miedos.  Para explicar esos otros sueños que se realizaron, le hablé de la ley de atracción, que dice que todo aquello que es como otro elemento, es atraído por éste (Abraham-Hicks). Al poner su atención y enfoque en sus sueños, los estaba atrayendo a su realidad.  Rosa se asustó mucho de pensar que se estaba atrayendo la muerte.  Pude calmarla con la idea de que nada está escrito en piedra y que todo lo que debía hacer es sustituir sus preocupaciones por algo diferente. Le recomendé que mirara o leyera comedias antes de ir a dormir.  Debería esperar hasta tener mucho sueño antes de apagar la tele o cerrar el libro.

Rosa, debido a su miedo a morir y su tendencia a la preocupación, siguió mis consejos al pié de la letra.  Como resultado, sus sueños fatalistas dejaron de despertarla en medio de la noche.  Desarrolló nuevos hábitos de pensamiento. Cuando la asaltaban la preocupación y el miedo, buscaba un video alegre o de comedia, o leía algo positivo que la distrajera antes de irse a dormir.  Desde ahora en adelante, Rosa se sentirá mejor.

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Deseo una relación duradera

Silvia deseaba una relación amorosa duradera. Sentía la urgencia de contarme sobre todas sus relaciones fallidas.  Casi disfrutaba con la energía que recibía al tratar de probar que su caso era único.  Pero no era una buena energía.  Sus vibraciones enviaban un claro y rotundo mensaje al universo:

“No tengo una relación íntima. Mis relaciones pasadas no han funcionado. Nunca he tenido una relación duradera.”

Le expliqué que el universo le estaba enviando exactamente lo que pedía con su vibración.  Silvia se resistía a esta idea diciendo que no pensaba en eso mucho, sino que simplemente era desafortunada en el amor.

Le pregunté qué era para ella una relación duradera, y me dijo que debía ser de por vida.  ¿La vida de quién? Pero ya Silvia se estaba impacientando conmigo, conque decidí facilitarle el camino.

Silvia tuvo que confesar que muchos aspectos de sus relaciones pasadas habían tenido buenos resultados.  Me contó de un viaje a Hawaii con uno de sus amantes. ¡Había sido muy feliz ese año!

Otro amante le había confeccionado un baúl de cedro precioso que ocupaba un lugar prominente en su hogar.  Otro le enseñó a bucear.  Y la lista continuaba...

¡Sus relaciones pasadas habían funcionado después de todo! ¡Por fin pudo entenderlo así! Podía recordar todos aquellos momentos felices y sentirse bien. 
No importaba con quien había pasado el momento.  Ella era ella entonces y ahora, sintiéndose feliz.

Con el tiempo, Silvia aprendió a sustituir sus sentimientos de impotencia ante su deseo de casarse o tener una relación permanente con sentimientos de compañerismo que había compartido en el pasado.  Sus momentos de tristeza y soledad se hicieron más cortos y espaciados. Había encontrado la llave de la felicidad que la llevaría a manifestar sus deseos.

Y su momento llegó.

Su luna de miel tuvo lugar en Hawaii, donde ella y su esposo bucearon, y aún mantiene el baúl de cedro a los pies de su cama de matrimonio.

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Deseo sentirme saludable por una vez en la vida  

Raphael tenía cincuenta años. Me contó su larga historia de problemas de salud. Yo no necesitaba enterarme, pero él no sentía que podia obtener resultados sin contármelo.

Lo que más me impresionó después de escuchar la sarta de cirugías a la que lo habían sometido, fue lo duro de pelar que era Raphael.  Aún estaba vivo a pesar de todo.

¡Tenía cuatro médicos diferentes! ¡Cuatro! Un médico de cabecera, un ortopédico, un alergista, y un cardiólogo. Tomaba diariamente seis medicamentos, y aún así, Raphael tenía un aspecto estupendo. 

Sus hábitos de pensamiento eras viejos y muy arraigados.  Se le notaba más animado cuando hablaba de sus problemas de salud que cuando hablaba de sus deseos de sentirse saludable. Dudé si podía ayudarlo a pensar de forma diferente.  Pero me sostuve con la

frase que pronunció al principio de nuestra sesión. “Deseo sentirme saludable por una vez en la vida.” Por allí empezamos.  

Eso de “por una vez en la vida” no le traía ningún beneficio.  Logré que dijera lo mismo, pero sin esa parte. Le pregunté por qué quería salud. Me contestó enumerando las cosas que ya no quería.  Dijo que no quería perder su tiempo con médicos, que estaba cansado de las pruebas, etc.. Tuvo que empezar de nuevo, diciéndome el por qué de sus deseos.  Finalmente comprendió.  Quería correr, esquiar, bailar, beber en las fiestas, y divertirse.

Raphael estaba ahora en el camino certero. Comprendía lo que tenía que hacer para cambiar su modo de pensar.

Hoy, Raphael aún visita al medico, pero solamente a uno de ellos. 
Y no toma medicinas.  Ha aprendido a mezclar bebidas exóticas para sus amigos y está tomando lecciones de tango.

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Nunca he sabido lo que es la abundancia.  ¿Cómo puedo crearla?

"Nunca en mi vida he tenido abundancia." Esta declaración no estaba ayudando a Ben, obviamente.  No importaba cuanto deseaba que su situación mejorara.  Siempre era igual. ¿Por qué? Porque no creía que era posible.  Había trabajado duro, se había metido en negocios que no levantaban presión, se había asociado con otros con tan poca suerte como él, y estaba endeudado hasta las narices.  Hice que Ben admitiera que a pesar del largo rosario de desventuras financieras que estaba dispuesto a recitarle a quien lo escuchara, se había mantenido bien.  No tenía lo que quería, pero había tenido la fortaleza de sobrevivir y continuar probando suerte. Tenía una gran abundancia de energía y no temía al riesgo.  Pero en su prisa por ver resultados, había olvidado el placer del camino.  A Ben le tomó tiempo cambiar la forma en que evaluaba su vida.  Pero en cuanto pudo hacerlo, la gente que podía ayudarlo empezó a presentarse en su vida y pronto empezó a realizar la abundancia que siempre había tenido en la punta de los dedos. 
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Updated 04/10/2008
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